Miles de plataformas web donde puedes consumir porno al momento, sexbots con inteligencia artificial que te dirán “si” a todo,  gafas de realidad virtual con las que podrás tener sexo sin salir de casa, redes sociales repletas de imágenes sexualizadas de jóvenes y adultos,  sexo con hologramas, memes y chistes calientes por WhatsApp, apps varias de contactos, juegos de gran violencia sexual, sexting… Una lista interminable.

Está claro que la tecnología ha cambiado muchos hábitos, actitudes, comportamientos  y formas de relacionarnos sexualmente, ampliando y facilitando los medios para ello. Ha abierto nuevas vías de exploración y disfrute de nuestra sexualidad, rompiendo muchos tabús y prejuicios históricos. Se percibe mayor libertad, desinhibición, experimentación, posibilidad de conocer y contactar con otras personas….pero también mayor banalización del sexo, dominación del placer masculino respecto al femenino, deshumanización y sexualización precoz de todo lo que nos rodea, aumentando las carencias emocionales de las que ya adolecen nuestras relaciones personales.

Y después de todo esto, realmente te sigue sorprendiendo ¿que en una empresa cientos de trabajadores/as hayan distribuido un vídeo sexual de una compañera?, ¿que millones de niños y niñas de menos de 15 años suban vídeos eróticos o fotos sexuales a sus redes sociales para conseguir más seguidores y likes?, ¿que la adicción al porno esté creciendo año tras año sobre todo entre los/as adolescentes?,  ¿que los abusos y la violencia sexual principalmente hacia niños/as y mujeres sea objeto de compraventa?

Por desgracia, el sexo se ha convertido en un producto más de consumo (nada se libra ya a la imparable destrucción del consumismo capitalista más atroz) donde poco importan las personas y sus emociones. El mercado lo sabe, lo alimenta y se hace rico con ayuda y colaboración gratuita de todos/as nosotros/as.

Pero si profundizamos un poco más en el origen de la proliferación de estas nuevas formas y maneras de sexualidad, podemos encontrar un miedo real ya conocido y presente, desde siempre, en nuestras relaciones interpersonales: el miedo a la intimidad. La intimidad asusta y mucho. Nos da miedo a mostrarnos tal y como somos al otro/a, a pedir qué nos gusta y cómo, a sentirnos frágiles y desprotegidos, a ser juzgados/as, a confiar, a no dar la talla, a perder el control, a no lograr satisfacer al otro, a no cubrir sus expectativas, a compartir mis fantasías más oscuras, a sentir, a recibir un “no , etc.  Ante esto, preferimos el sexo rápido y sin problemas, la excitación enlatada y la estimulación prefabricada.

La saturación sexual provoca tal desencanto y decepción en nuestra vida íntima que genera un círculo vicioso. Nos sentimos tan frutados/as por no llegar a esa sexualidad exigida y exhibida socialmente que preferimos seguir practicándola desde el sofá de nuestra casa, sin contacto, sin esfuerzo ni riesgo personal. Nos sentimos cómodos/as y seguros/as en nuestra zona de confort sexual y el mercado, en su afán infinito por satisfacer nuestras necesidades irreales, nos convence para ello.

En sí, estas nuevas formas de vivir nuestra sexualidad no son nocivas e incluso, en muchas ocasiones, hasta necesarias, pero en su abuso, en la preferencia exclusiva y excluyente a la realidad y a la intimidad, es donde se muestra el problema real de nuestra sociedad cada vez más contagiada de insensibilidad.

Porque la sexualidad, es un modo de ternura. Cuando uno habla de sexualidad, escucha solamente el acto sexual. Y éste es solo un momento en esta relación sensual. ¿Donde están la caricia, la atención, el cuidado, el juego: todo lo que es encontrarse con el otro en su legitimidad? (Humberto Maturana, biólogo y filósofo chileno).

Sobre el Autor Susana Luque

Consultora de Marketing Digital y Social Media. Mentora de Marca Personal. Posiciono tu marca en redes sociales.

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